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La vieja diligencia retumbaba a lo largo de la polvorienta carretera que va de Maplewood a Riverboro. El día era tan caluroso como en pleno verano, aunque sólo estábamos a mediados de mayo, y el señor Jeremiah Cobb favorecía a los caballos tanto como le era posible, sin perder nunca de vista el hecho de que llevaba el correo. Las colinas eran muchas, y las riendas yacían sueltas en sus manos mientras él se echaba hacia atrás en su asiento y extendía un pie y una pierna lujosamente sobre el salpicadero. Llevaba el sombrero de fieltro desgastado bien calado sobre los ojos, y en la mejilla izquierda le daba vueltas un quid de tabaco.