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Me había ido de casa (como todas las chicas judías) para comer cerdo y tomar píldoras anticonceptivas. Cuando compartí por primera vez una velada íntima con mi marido, me sentí arrastrada por la pasión (tan latente en mi interior) de una existencia larga y torturada. Los antojos físicos que tanto me había esforzado en negar, por fin y en última instancia saciados... Pero basta de cerdo.