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La parábola del hijo pródigo, la ficción más hermosa que jamás se haya inventado; el discurso de nuestro Salvador a sus discípulos, con el que cerró sus ministerios terrenales, lleno de la dignidad más sublime y el afecto más tierno, superan todo lo que he leído; y como el espíritu por el que fueron dictados, vuelan directamente al corazón.