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Sólo en la sacralidad del silencio interior el alma se encuentra verdaderamente con el Dios secreto y oculto. La fuerza de la resolución, que después da forma a la vida y se mezcla con la acción, es el fruto de esos momentos sagrados y solitarios. Hay una profundidad divina en el silencio. Encontramos a Dios a solas.