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Los hombres no aprovechan las riquezas de la gracia de Dios. Les encanta alimentar sus preocupaciones, y parecen tan intranquilos sin alguna inquietud como lo estaría un fraile viejo sin su faja para el cabello. Se les manda que echen sus preocupaciones sobre el Señor, pero aun cuando lo intentan, no dejan de recogerlas de nuevo, y piensan que es meritorio andar agobiados.