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Seguramente, si las criaturas vivientes vieran los resultados de todas sus malas acciones, se apartarían de ellas con repugnancia. Pero el egoísmo les ciega, y se aferran a sus detestables deseos. Anhelan el placer para sí mismos y causan dolor a los demás; cuando la muerte destruye su individualidad, no encuentran paz; su sed de existencia permanece y su egoísmo reaparece en nuevos nacimientos. Así siguen moviéndose en la bobina y no encuentran escapatoria del infierno que ellos mismos han creado.