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La profesión del clero es fundamentalmente contraproducente. Su propósito declarado es fomentar la madurez espiritual en la Iglesia, un objetivo valioso. En la actualidad, sin embargo, consigue lo contrario al alimentar una dependencia permanente de los laicos hacia el clero. El clero se convierte para sus congregaciones en padres cuyos hijos nunca crecen, en terapeutas cuyos clientes nunca se curan, en profesores cuyos alumnos nunca se gradúan.