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Por eso, cuando el relámpago dispara el arco del cielo y el trueno sacude la tierra, cuando furiosos torbellinos rasgan el aire aullante y el océano, gimiendo desde su lecho más bajo, levanta al cielo sus tempestuosas olas; en medio del poderoso alboroto, mientras abajo tiemblan las naciones, Shakespeare mira desde algún alto risco, superior, y disfruta de la guerra elemental.