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Nacido, el Hombre asume el nombre y la imagen de la humanidad, y se hace en todo semejante a los demás hombres que habitan la tierra. Su dura suerte se convierte en la suya, y la suya, a su vez, se convierte en la suerte de todos los que vendrán después de él. Arrastrado inexorablemente por el tiempo, no le es dado ver el siguiente peldaño en el que caerá su vacilante pie. Limitado en el conocimiento, no le es dado predecir lo que cada hora sucesiva, lo que cada minuto sucesivo, tendrá reservado para él. En ciega ignorancia, en una agonía de presentimientos, en un torbellino de esperanzas y temores, completa el ciclo de un destino de hierro.