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  • La desgracia de los demás es nuestra desgracia. Nuestra felicidad es la felicidad de los demás. Vernos a nosotros mismos en los demás y sentir una unidad interior con ellos representa una revolución fundamental en nuestra forma de ver y vivir la vida. Por lo tanto, discriminar a otra persona es lo mismo que discriminarse a uno mismo. Cuando herimos a otro, nos estamos hiriendo a nosotros mismos. Y cuando respetamos a los demás, respetamos y elevamos también nuestras propias vidas.