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Ni una filosofía ilustrada, ni toda la sabiduría política de Roma, ni siquiera la fe y la virtud de los cristianos sirvieron contra la incorregible tradición de la antigüedad. Se necesitaba algo, más allá de todos los dones de la reflexión y la experiencia: una facultad de autogobierno y autocontrol, desarrollada como su lengua en la fibra de una nación, y que creciera con su crecimiento.