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Y recordó haber pensado entonces que si ella moría, estaba seguro de que no lloraría. Porque sería la cara moribunda de una desconocida, una cara de la calle, una imagen de periódico, y de repente estaba tan mal que había empezado a llorar, no por la muerte sino por la idea de no llorar por la muerte, un tonto hombre vacío cerca de una tonta mujer vacía.