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En un mundo donde Dios no existe, cualquier persona razonable debe ver que la propensión hacia el egoísmo debe ser el más venerado de todos los rasgos humanos. De esto se desprende que cualquier hombre, sabiendo que la extensión total de su existencia es finita, que no dedique cada momento de su vida a actos de puro egoísmo, debe ser visto como nada más que un tonto.