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  • Que cada cristiano sea un jardinero para que él y ella y toda la creación, que gime en espera de la cosecha final del Espíritu, puedan heredar el Paraíso. Si los cristianos atesoramos de verdad la esperanza de que un día, como Adán y el ladrón penitente, caminaremos junto a Aquel que hizo florecer incluso el madero muerto de la Cruz, entonces debemos imitar también el arte del Maestro y hacer reverdecer la tierra desolada.

    Vigen Guroian (2001). “Inheriting Paradise: Meditations on Gardening”, p.17, Wm. B. Eerdmans Publishing