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Tenía unos 5 o 6 años y mi abuela empezó a sentarme en la casa de reuniones cuáquera. Le pregunté a mi abuela: '¿Qué se supone que debo hacer?' y ella me dijo: 'Espera, vamos a entrar a saludar a la luz'. Me gustaba esa idea de entrar para encontrar la luz interior, tanto en sentido literal como figurado.