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La oración, ejercicio básico del espíritu, debe practicarse activamente en nuestra vida privada. El alma desatendida del ser humano debe hacerse lo suficientemente fuerte como para afirmarse una vez más. Porque si el poder de la oración se libera de nuevo y se utiliza en la vida de los hombres y mujeres comunes; si el espíritu declara sus objetivos clara y audazmente, todavía hay esperanza de que nuestras oraciones por un mundo mejor sean escuchadas.