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Las palabras, como es bien sabido, son las grandes enemigas de la realidad. Durante muchos años he sido profesor de idiomas. Es una ocupación que a la larga se vuelve fatal para cualquier cuota de imaginación, observación y perspicacia que una persona ordinaria pueda heredar. Para un profesor de idiomas llega un momento en que el mundo no es más que un lugar de muchas palabras y el hombre parece un mero animal parlante no mucho más maravilloso que un loro.