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Incluso Occidente ha conocido la arquitectura del espacio vacío, cuyo objeto, durante miles de años, ha sido menos construir casas divinas que crear lugares sagrados, apoderarse del misterio y sumergir al hombre en él, ya sea elevando el ciclópeo pedestal que lo rodea de estrellas, o vaciando el santuario que lo envuelve en la noche embrujada.