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Si puedes pecar y no llorar por ello, eres heredero del infierno. Si puedes pecar y después sentirte satisfecho de haberlo hecho, estás en el camino de la destrucción. Si no hay punzadas de conciencia, ni tormentos internos, ni heridas sangrantes; si no tienes latidos y pesares de un pecho que no puede descansar; si tu alma nunca se siente llena de ajenjo y hiel cuando sabes que has hecho el mal, no eres hijo de Dios.