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  • No había nombre para la enfermedad; su cuerpo se había vuelto loco, había olvidado el plano con el que se construyen los seres humanos. Incluso ahora la enfermedad sigue viva en sus hijos. No en nuestros cuerpos, sino en nuestras almas. Existimos donde se espera que estén los niños humanos normales; incluso tenemos la misma forma. Pero cada uno de nosotros, a nuestra manera, ha sido sustituido por un niño de imitación, moldeado a partir de un bocio retorcido, fétido y lipídico que salió del alma del Padre.

    Orson Scott Card (2009). “Speaker for the Dead”, p.67, Macmillan