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Pensando que era egoísta detenerse en sus propios sufrimientos, cuando estaba en medio de desdichados que no sólo habían perdido todo lo que enaltece la vida, sino a sí mismos, su imaginación se ocupó con melancólica seriedad en trazar los laberintos de la miseria, a través de los cuales tantos desdichados debían haber pasado hasta este sombrío receptáculo de almas desunidas, hasta la gran fuente de la corrupción humana.