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A veces, una belleza salvaje me atraía hacia el sol y empezaba a amar un poco el peligro. En esas ocasiones sentía que el amor renuente se drenaba dolorosamente de mí como se drena la sangre de una herida profunda. Los tigres lamían la sangre de mi amor y seguían siendo enemigos. Los habitantes del día se reían del regalo que quería llevarles y yo me encerraba en mi habitación interior para escapar de la traición de sus bocas arrogantes.