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  • Estábamos encerrados, oh Padre eterno, en el jardín de tu seno. Nos sacaste de tu santa mente como una flor petrificada con las tres potencias de nuestra alma y en cada potencia pusiste la planta entera, para que dieran fruto en tu jardín, para que volvieran a ti con el fruto que les diste. Y volvieras al alma, para llenarla de tu bienaventuranza. Allí mora el alma como el pez en el mar y el mar en el pez.