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Hasta ahora nadie ha abordado la gestión de New York con el espíritu adecuado, es decir, considerándola como el resultado vago de una escuálida barbarie y una imprudente extravagancia. Es probable que nadie lo haga, porque las reflexiones sobre la larga y estrecha batea de cerdos se interpretan como ataques malévolos contra el espíritu y la majestad del pueblo americano, y dan lugar a airadas comparaciones.