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No orientarse en una ciudad puede ser poco interesante y banal. Requiere ignorancia, nada más. Pero perderse en una ciudad, como perderse en un bosque, requiere una educación muy distinta. Entonces, los letreros y los nombres de las calles, los transeúntes, los tejados, los quioscos o los bares deben hablar al caminante como una ramita que cruje bajo sus pies en el bosque.