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Rigel, Betelgeuse y Orión. No había mejor iglesia, ni mejor coro, que las estrellas hablando en silencio a los muchos consumidores condenados en silencio, una legión sobre los tejados oscuros. El viento bajaba del norte como un corredor de lacrosse, violento y duro, para golpear a todo ser viviente. Estaban allí, cada uno a solas en conversación con las estrellas, extrayendo amor efímero de la luz fría y distante.