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El griego que hay en mí quería saber qué se sentía al tirar de un remo. El intelectual se preguntaba cómo conseguir que ocho individuos se movieran al mismo compás. El atleta quería comprobar lo que se ha descrito como el entrenamiento definitivo. El romántico ansiaba ver si lo estrafalario del deporte -al fin y al cabo, el remo tiene poco valor práctico en la era postindustrial- le removía la sangre.