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  • Ponemos orgullo en todo, como la sal. Nos gusta que se conozcan nuestras buenas obras. Si se ven nuestras virtudes, nos alegramos; si se perciben nuestros defectos, nos entristecemos. Observo eso en mucha gente; si alguien les dice algo, les molesta, les fastidia. Los santos no eran así: les molestaba que se conocieran sus virtudes, y les complacía que se vieran sus imperfecciones.