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Tenía menos de veinte años cuando una noche, después de una buena conversación, me dije a mí mismo que hay momentos en los que realmente tocamos en el habla lo que la mejor escritura sólo puede acercarse. La maldición de nuestro lenguaje de libro no es tanto que se mantenga para siempre con las mismas frases hechas... sino que suene para siempre con los mismos tonos de lectura. Debemos salir a la lengua vernácula en busca de tonos que no hayan sido llevados al libro.