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El cristianismo considera que las plantas y las flores fueron creadas por Dios para mostrar y compartir con los seres humanos la bondad, la belleza y la verdad divinas, el propósito de toda la Creación. En este sentido, las flores pueden disfrutarse simple y directamente en sí mismas, como muestra de la bondad y la belleza de Dios, o, más plenamente, como arquetipos, firmas, símbolos y portadoras de leyendas, que reflejan los artículos revelados de la fe cristiana, sirviendo así como medio para su enseñanza, recuerdo, contemplación y celebración.