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Los cristianos modernos, especialmente los del mundo occidental, generalmente han sido hallados deficientes en el área de la santidad del cuerpo. La gula y la pereza, por ejemplo, eran consideradas pecado por los primeros cristianos. Hoy las consideramos debilidades de la voluntad, pero no pecado. Incluso bromeamos sobre nuestros excesos alimenticios y otras indulgencias en lugar de clamar a Dios en confesión y arrepentimiento.