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Aún no somos santos, pero también nosotros debemos tener cuidado. La rectitud y la virtud tienen su recompensa, en el respeto a uno mismo y a los demás, y es fácil que busquemos el resultado en lugar de la causa. Busquemos la alegría más que la respetabilidad. Hagamos el ridículo de vez en cuando, y así nos veremos, por un momento, como nos ve Dios, que todo lo sabe.