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El hombre se ofrece a Dios. Se presenta ante Él como el lienzo ante el pintor o el mármol ante el escultor. Al mismo tiempo pide su gracia, expresa sus necesidades y las de sus hermanos en el sufrimiento. Este tipo de oración exige una renovación completa. El modesto, el ignorante y el pobre son más capaces de esta abnegación que el rico y el intelectual.