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Hay una gran diferencia entre un error honesto cometido en un momento de debilidad espiritual y una decisión deliberada de desobedecer persistentemente los mandamientos de Dios. Aquellos que deliberadamente eligen violar los mandamientos de Dios o ignorar las normas de la Iglesia, incluso cuando se prometen a sí mismos y a los demás que algún día serán lo suficientemente fuertes como para arrepentirse, están entrando en una peligrosa pendiente resbaladiza en la que muchos han perdido su equilibrio espiritual.