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Una noche en la azotea del Empire State: una experiencia de lo más extraña. La enorme tumba de acero y cristal, el viaje hasta el piso 84 y allí, bajo las nubes, un cuarteto de cuerda hawaiano, un salón, concesiones y, a mil metros por debajo, New York: un jardín de luces doradas que se encienden y se apagan, automóviles, camiones que entran y salen, y ni un ruido. Todo tan silencioso como una ciudad muerta, y parece un adagio ahí abajo.