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A veces volvía de correr y mi pierna artificial tenía un charco de sangre del muñón. No iba a la enfermería. Aquel año, si hubiera ido a la enfermería, me habrían multado. No fui a la enfermería. Me escondía en algún sitio y me ponía la pierna en remojo en un cubo de agua caliente con sal, un viejo remedio. Luego me levantaba a la mañana siguiente y corría.