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Una mujer describió una vez a una amiga suya como una oyente tan aguda que hasta los árboles se inclinaban hacia ella, como si le contaran sus secretos más íntimos. A lo largo de los años, he imaginado el silencio de esa mujer, un oído lo bastante abierto como para que el mundo le contara sus historias. Las hojas verdes se volvían hacia ella, susurrándole historias de brisas suaves y murmullos de hoja contra hoja.