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Evitad un evangelio azucarado como evitaríais el azúcar de plomo. Buscad el evangelio que desgarra, corta, hiere y mata, porque es el evangelio que hace revivir. Y cuando lo hayas encontrado, préstale atención. Dejad que penetre en lo más íntimo de vuestro ser. Así como la lluvia empapa la tierra, pídele al Señor que deje que su Evangelio empape tu alma.