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Tenemos la tentación de creer que ciertos logros y posesiones nos darán una satisfacción duradera. Se nos invita a imaginarnos escalando el escarpado acantilado de la felicidad para alcanzar una amplia y elevada meseta en la que viviremos el resto de nuestras vidas; no se nos recuerda que, poco después de alcanzar la cima, volveremos a ser llamados a descender a nuevas tierras bajas de ansiedad y deseo.