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  • Entonces le hablo en una lengua que nunca ha oído, le hablo en castellano, en la lengua de los largos y crepusculares versos de Díaz Casanueva; en esa lengua en la que Joaquín Edwards predica el nacionalismo. Mi discurso es profundo; hablo con elocuencia y seducción; mis palabras, más que de mí, brotan de las noches cálidas, de las muchas noches solitarias en el Mar Rojo, y cuando la diminuta bailarina me echa el brazo al cuello, comprendo que me entiende. ¡Magnífico lenguaje!