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Quien se sabe amado se siente a su vez impulsado a amar. Es el Señor mismo, que nos ha amado primero, quien nos pide que pongamos en el centro de nuestra vida el amor a Él y a las personas que Él ha amado. Son sobre todo los adolescentes y los jóvenes, que sienten dentro de sí la apremiante llamada al amor, quienes necesitan liberarse del difundido prejuicio de que el cristianismo, con sus mandamientos y prohibiciones, pone demasiados obstáculos en el camino de la alegría del amor y, en particular, impide gozar plenamente de la felicidad que los hombres y las mujeres encuentran en su amor recíproco.