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Desde el advenimiento de Internet -más recientemente agravado por los blogs- todo el mundo puede ser una voz publicada. Cualquier indignado cobarde y anónimo puede tener una audiencia de miles de personas. Eso no le convierte en periodista, como tampoco me convierte en Julia Child el hecho de echar una cebolla y unas zanahorias a una olla de agua hirviendo.