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Hubo una cultura que surgió del movimiento de autoestima que consistía en que nadie llevara la cuenta de los objetivos. Los niños llevan la cuenta, pero nadie lleva la cuenta de los objetivos porque no queremos que los niños tengan la experiencia de perder. Y al privarles de perder, pensando que perder les marcaba, hicimos que perder fuera tan tabú, tan indescriptible, que hicimos que perder diera más miedo a los niños, no menos.