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Ha pasado un interludio de falsa inocencia. Hoy, al entrar en la era postfotográfica, debemos enfrentarnos de nuevo a la fragilidad inerradicable de nuestras distinciones ontológicas entre lo imaginario y lo real, y a la trágica elusividad del sueño cartesiano. En efecto, hemos aprendido a fijar las sombras, pero no a asegurar sus significados ni a estabilizar sus valores de verdad; siguen parpadeando en las paredes de la caverna de Plato.