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El SIDA se ha abatido sobre nosotros con cruel abandono. Nos ha obligado a enfrentarnos a la fragilidad de nuestro ser y a la realidad de la muerte. Nos ha obligado a darnos cuenta de que debemos apreciar cada momento de la gloriosa experiencia de esto que llamamos vida. Estamos aprendiendo a valorar nuestras propias vidas y las de nuestros seres queridos como si cualquier momento pudiera ser el último.