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Si se produjera una revolución violenta, nos superarían en número. Y cuando todo terminara, el negro se enfrentaría a las mismas condiciones inalteradas, a la misma miseria y privación, con la única diferencia de que su amargura sería aún más intensa y su desencanto aún más abyecto. Así pues, en términos puramente prácticos y morales, el negro estadounidense no tiene otra alternativa racional que la no violencia.