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  • La madre es en sí misma una negación concreta de la idea de placer sexual, ya que su sexualidad se ha puesto al servicio exclusivo de la función reproductora. Ella es el principio pasivo perpetuamente violado; su autonomía ha sido suficientemente erosionada por la presencia en su interior del embrión que ha llevado a término. Su capacidad irreflexiva de reproducirse, que es su orgullo, no es, puesto que está más allá de toda elección, una virtud específica suya.