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Yo era partidario de la pena de muerte y estaba dispuesto a considerar a los abolicionistas como personas cuyo corazón era más grande que su cabeza. Cuatro años de estudio minucioso del tema disiparon gradualmente ese sentimiento. Al final me convencí de que los abolicionistas tenían razón en sus conclusiones... y que lejos de que el enfoque sentimental condujera a su campo y el racional al de los partidarios, era al revés.