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En sexto curso me enseñaron que teníamos un ejército permanente de poco más de cien mil hombres y que los generales no tenían nada que decir sobre lo que se hacía en Washington. Me enseñaron a estar orgulloso de ello y a compadecer a Europa por tener más de un millón de hombres bajo las armas y gastar todo su dinero en aviones y tanques. Sencillamente, nunca desaprendí el civismo juvenil. Sigo creyendo en ello. Saqué muy buena nota.