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Cuando era pequeño, no tenía ningún cómic. Pero mi amigo tenía un baúl lleno de ellos, así que los cómics eran como caramelos para mí. Cuando me quedaba a dormir en su casa, devoraba todo lo que caía en mis manos. Sabía que la fiesta de pijamas iba a terminar, que volvería a mi casa y que sería Kipling.